La Basílica de Santa María en Trastevere es, con
total seguridad, la primera iglesia dedicada al culto de la Virgen.
La leyenda cuenta que cuando Jesús nació en Belén,
en la Plaza de Trastevere surgió un chorro de aceite para
anunciar el nacimiento del Mesías.
El papa Calixto quiso construir aquí una pequeña
iglesia. Justo en el lugar del que surgió el aceite, bajo
el presbiterio, se colocó una piedra con la inscripción
«Fous Olei». La iglesia no fue terminada hasta que
el Papa Julio I decidió completar las obras y abrirla al
culto.
Más tarde, el Papa Adriano ordenó añadir
las naves laterales, mientras que el Papa Gregorio IV encargó
la construcción de obras de gran importancia en el presbiterio.
Gracias a diversas obras posteriores, la basílica alcanza
sus dimensiones actuales.
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